Por: Frishito / @Ciudadlocura
Continúa la historia con ese sabor a polvo de camino, a llanta girando y a corazón latiendo fuerte… porque cuando se trata de fe, no hay cansancio que detenga ni kilómetro que asuste. Así va Rafael Zarco, nuestro querido “Ciclista de Fé”, pedaleando no solo con las piernas, sino con el alma bien puesta en su causa: llevar un mensaje de paz, amor y conciencia por cada rincón que pisa… o mejor dicho, que rueda.

Después de dejar huella en Tula de Allende, Rafa no iba solo… iba arropado por esa hermandad ciclista que no se explica, pero se siente. Rodando junto a sus anfitriones, tomó rumbo hacia Teotihuacán, ese lugar donde la historia se respira y el cielo se pinta de colores al amanecer.

Y ahí estaba… mirando las pirámides, testigos de siglos, mientras los globos aerostáticos se elevaban como si fueran pensamientos de esperanza flotando en el aire. Rafa, con la mirada firme, también nos enseñó algo más: la unión de lo moderno con lo natural, esos paneles solares abrazando la tierra, demostrando que sí se puede avanzar sin olvidarnos del planeta.

Pero detrás de cada kilómetro también hay manos que sostienen… y aquí el agradecimiento es de pie y con el corazón en alto para quienes le tendieron la mano: ROMA, Takis, Pedro Ledesma, Pedro Velásquez, Paty Mesa, Luz María, Peña, José Santos “Pólvora”, Héctor David Estrada, Dany San, el restaurante La Pasta Fina, Oasis Xicuco, Paty Juárez Montiel, Nayeli Calva Cruz, Naye Cruz en Movimiento, Megabike Store y el Profe Fernando Flores… pura gente buena, de esa que hace patria en silencio.

El camino siguió… y el cuerpo empezó a reclamar factura. Entre Teotihuacán y San Martín Texmelucan, Rafa ya traía el cansancio pintado en el rostro, ojeroso, sí… pero con los sueños bien despiertos. Porque cuando uno pedalea con causa, el cansancio no pesa igual.
Ahí, entre respiros cortos y pausas necesarias, Rafa cruzó la mitad del recorrido. Y no era cualquier mitad… era ese punto donde muchos dudan, pero donde los valientes confirman por qué empezaron.

Y como todo buen viaje, llegó el regalo inesperado… Guadalupe Piletas, un pueblito chiquito pero enorme de corazón, allá en los límites entre Puebla y Veracruz, vigilado por el imponente Citlaltépetl, mejor conocido como el Pico de Orizaba, majestuoso, callado, pero siempre presente.

Ahí lo recibió la familia Balderas, de esas que no preguntan cuánto traes… sino si ya comiste. Rafa no solo llegó… convivió. Compartió la mesa, el arroz, el chorizo, el pollo, el refresco… y hasta el agua bendita, porque cuando hay fe, todo se bendice.
Conoció la vida del campo, la crianza de borregos, el toro cebú, la ordeña, los quesos de rancho… ¡pura riqueza de la buena! De esa que no sale en las revistas, pero que sostiene a México todos los días.

Y este primero de mayo… ¡fiesta! Porque el pueblo sabe agradecer la vida. Cueritos, carnitas, queso fresco… y Rafa, que también sabe recibir cariño, se dejó consentir como se debe. Porque el descanso también es parte del camino.
Entre pláticas, historias de vida y sonrisas compartidas, Rafa sigue sembrando su mensaje. Porque él no solo recorre caminos… conecta corazones.

Ahora ya se siente cerca el siguiente destino: Orizaba, Veracruz, su penúltima parada, que arrancará este domingo 3 de mayo a las 7 de la mañana, puntual, como quien sabe que cada pedalazo cuenta.
Porque al final del día… la vida es eso: un viaje. A veces pesado, a veces incierto… pero siempre lleno de gente buena en el camino. Rafa Zarco nos lo está recordando kilómetro a kilómetro: que la fe no es quedarse sentado… es salir, rodar, caer, levantarse y seguir.
Y mientras haya alguien dispuesto a pedalear con el corazón… siempre habrá esperanza en el camino.


