Raúl Morón Orozco no sólo conocía las reglas del proceso interno de Morena: se comprometió a respetarlas. El 14 de septiembre, después de conocerse el resultado, reconoció públicamente que Carlos Torres Piña había quedado por encima de él en las encuestas y resumió su posición en una frase contundente: “me ganó a la buena”. Casi un mes después, el discurso de su bloque es otro y ahora cuestiona precisamente el proceso que entonces había reconocido.
La contradicción cobra mayor relevancia porque Torres Piña ya ejerce como coordinador estatal reconocido por Morena, ha sido ratificado por la conducción nacional y, lejos de cerrar espacios, mantiene abierta la puerta al diálogo con Morón y su equipo. Mientras tanto, Fabiola Alanís Sámano, Gaby Molina, Gladyz Butanda Macías y otros liderazgos que también participaron en la contienda ya transitaron de la competencia a la construcción de unidad.
Morón sostiene que permanece en la Cuarta Transformación y respalda a la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo. El problema no está en esa declaración, sino en hacerla compatible con los hechos: ser parte de un movimiento también supone respetar sus reglas y sus decisiones cuando el resultado no favorece al grupo propio. Hoy, mientras Torres Piña llama a sumar a todas las expresiones, la principal interrogante sobre el bloque de Morón es si su adhesión a la 4T se traducirá también en disciplina y congruencia política.




